LA CANÍBAL DETRÁS DE LAS MURALLAS: ASCENSO Y CATÁBASIS
 ...por un conocimiento admirable que yo no sabré decir...
Santa Teresa, Moradas del Castillo Interior

¿Cómo entra en la fiesta la caníbal? ¿Cómo entra en el festín esta caníbal? ¿A través de qué pliegues, de qué puertas, de qué último intersticio?
Como en un Canto de Alabanza, ubicuo pero a la vez insondable en el tiempo, la caníbal se regocija tanto de sus fastos como de sus desechos. Alrededor y por dentro, mastica hasta deglutirse desde la piel a sus vísceras. Con cada fragmento de sí –con cada sorbo de su extrañamiento- preparará un fiesta. Con los desechos y con el esplendor, se tatúa. “...Solamente que no comas su sangre; sobre la tierra la derramarás como agua, leemos en Deuteronomio 15, 23.

  LLEGADA DE LOS INVITADOS.
  Y hace ya tiempo, demasiado tiempo que me escapé de la mano que trazaba mi fidelidad a un camino -que creía trazarlo-, y era ella misma un trazo terriblemente grave, asombroso, no menos lúcido que “las atroces divinidades de la tierra” de Gustav Meyrink, un rostro envejecido por el día o la visión del hielo sobre las aguas de Virginia Woolf.
¿Cómo escribe la poiésis su biografía ficcional de eterna desterrada (mascarilla de supliciante) en la cueva? ¿Qué ilusoria fatalidad la lleva a concebir este mundo? Cuando mi mano dibuja la letra está fundando un orbe: se recrea, sólo al principio, la irrevocable voluntad del “es”, la primera pregunta sobre el deseo y su presencia. Después vendrán las aguas, mucho después.
El universo concentrado en el dibujo empieza por acecharnos: es decir el irisado desdoblamiento desde la materia a la materia, errátil, primordialmente ávido por autoconocerse, por desplegar su condición caníbal, hunde sus uñas en la creación del cuerpo.
   ...Desde la más antigua sumersión, me asombró el hambre de las palabras, ese hambre húmeda, tensionada, ligada a la omnipresencia de la ferocidad. ¿Pero qué idioma, Bizancio, me llevará a concebir la palabra inocente? (Diario, New York, mayo de 1994).
 Desde ese mismo instante inaugural, la ficcionalidad de las metamorfosis del mundo abrirá incontables caminos al simulacro de lo irreal. Los griegos hablaban de “tháumata”, los romanos de “mirabilia”. La escritura, entonces como largo laberinto de intensidades, muestra su corazón doble: tiempo y memoria en duelo circular, memoria y tiempo traicionándose insobornablemente hasta el error, hasta la apotesis del error: el crimen.

                                    ¿Quién?
¿Quién el errante que salga de mí
cayendo en los barrancos del mundo
aún antes de haber llegado a su casa?
La perdida corona en el parque, la pérdida
haciendo sombra a todo el abandono
en los lagares de abandono antiquísimo
                        son ahora guijarros de universo.
  (de “La temida verdad del hombre músico”).*

En esta creciente sumatoria e implosión de cronologías, ¿quién puede establecer fronteras entre las máscaras del yo personal y las del universo, desdeñando de antemano para este último categorías axiológicas demasiado evidentes? Ni siquiera para el ojo avizor de Berkeley y sus núcleos de conciencia, satisfacen dichos límites. Cito al Borges de “El Aleph”: “...Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios. ¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos no hay proposición que no implique el universo entero; decir el tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré que en el lenguaje de un dios toda la palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito sino explícito, y no de un modo progresivo sino inmediato (...) Sombras o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo universo.”

Óbolos, jardines, frontispicios,
ángeles de yeso, teorías, planeta oscuro,
cuerpos descompuestos, una flor en Birmania,
la voz del criminal que inventa al hombre
que ha de matar, el mismo dolor de la agonía,
un lenguaje del porvenir prescindiendo de las letras,
de los comunes lazos que unen la palabra y el objeto,
del impreciso objeto.
No hay ojos de dios en este vasto manicomio.
Mi calavera y yo
recorren los caminos del Gran Basural
que es su memoria.
       “La sed multiplicada”).*

  El nombre, objeto por sí mismo, se dirige hacia lo que es pérdida: su fuerza consiste en su transcurrir, la acción sucede a pesar de las prohibiciones. Alegoría del viaje, milenaria conciencia de la inmolación de otro idioma.
   “Huida a lo traslúcido, a toda suciedad de simulacro, como a través de las nervaduras de una gema distinta (siempre distinta), precipitada al infierno del iris. Nos han expulsado tantas veces del castillo, que nadie ya advierte nuestra huida, la furia del guardián, la nostalgia de las goteras en la celda, la lluvia enlodada contra los muros. Y vuelven la humedad, la sangre de la mano asesina, las piedras mojadas. Hay una careta china en el centro de una prisión altísima de ladrillos sin más presencia que la mía, sin más visitante que yo.”
  Diario, Ronda, España, febrero  de 1993).

        El intento de regresar a los cuerpos que hemos sido, de invocarlos según nuestras escasas reglas, plantea un irisado tour de force en toda poiésis. No necesariamente como podría creerse, el intento remite a la niñez como paraíso perdido. Siguiendo el alto ejemplo de Eliot, o acaso, ¿por qué no?, de Lewis Carroll, sólo deberíamos concebir la poesía girando desde todas partes, suprimiendo la abstrusa linealidad, hoy en boga más que nunca en este comienzo de siglo. ¿Por qué, entonces, no elaborar una genealogía y una gramática del cuerpo acorde con esta concepción especular?.

  Alguna vez emergí de aquel jardín como de un mapa,
un mapa ciego roído por el humo
más exacto que yo (que la decorosa sombra que
/acompaña a la piel)
y la gota de lluvia manchando este desierto.
¿A cuántos pregunté por la piedad,
con todas esas palabras como nervaduras filosas
codiciando del sueño su labor de asesino?
La invitación entró en la sala con su mueca de pavor,
golpeada y despedazada contra los acantilados.
¿Era mi cuerpo el negro sirviente
que en el margen del río lacera su costado?
¿Era mi cuerpo anterior a la palabra?
  
(de “La herida interminable”).*
 
                                                  III
  Sierva de los holocaustos,
anfitrión de todos los que pudren el alma,
a qué venís con el legado que encubre tu especie
y la derrumba.
 
                              IV
  Este es el Paraíso bajo las aguas,
Nicho de Dios.
 
                              XVI
           Atravesando un país en que es preciso arder.
 
                                          XVII
                         Hiperión,
¿no ves ya a tu padre con su gloria de luto?
He salido de nuevo.
 
                             XXIII
Me ordenaron un destino: la desmedida muerte.
Pero al hijo -el inmortal- no podía alcanzarlo,
semejante precariedad ya no estaba en sus planes.
Descubrió que la madre y el padre eran uno.
    (de “Asesinato de Adán”, principios de junio de 1993).*
 
         La indeterminación de los límites del cuerpo y del mundo, asidos a un permanente trastrocamiento de valores donde lo fértil y lo débil, lo árido y lo acuoso, lo masculino y lo femenino, lo interno y lo externo, van desdibujándose, en ocasiones fulminándose, hasta constituirse en nuevos valores -nuevos cuerpos extraños-, bajo las aguas. ¿Cómo buscar precisión ante semejantes fantasmagorías? ¿Qué descripción de la realidad de un texto cuando ambos términos son puestos en dudas? ¿Certidumbre de la paradoja? ¿Infierno o paraíso de la paradoja?
Ahora recuerdo al “Solitario” de Valéry y su resistencia ante el mundo: “La realidad es absolutamente incomunicable”. Aquella paradoja llega definitivamente al solipsismo en el ya citado Obispo de Cloyne cuando escribe, casi murmurando, pero por otro camino, “la existencia de Dios es más evidente que la del hombre”, para seguir justificando su espléndida pero terrorífica doctrina.

Al negar la realidad, correlativamente desaparece la concepción occidental del yo individual o subjetivo -ese fetiche, esa superstición que trae aparejada la otra no menos irreal de “personalidad”-, reemplazándola por sucesivos estados de conciencia. De esta manera, y los mencionaré voluntariamente de manera desordenada, esta línea de pensamiento entraría en relación con el budismo zend, Hume, Berkeley, Shopenhauer, acaso parte de la obra de Flaubert, y los nuestros Macedonio Fernández, Borges y Silvina Ocampo.

  Leo el entorno, se diría cuidadosamente. “Le Monde” y “El País” abundan en crónicas de sectarios que secuestran a ciento siete niños en Estados Unidos, en “campesinos rurales analfabetos y primitivos” que intentan -pero no consiguen violar a dos adolescentes de Cantabria (...)
Siempre el fuego más oscuro me sedujo. Como la de aquellas que llevaban en su frente el nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS (Apocalipsis, 17:5).
 
  (Diario, Madrid,  “Residencia de Estudiantes”, 4-III-93).

          Llévame hasta el polvo
donde las apariencias se pudren al sol de su congoja.
¿Hablas acaso de migajas para anhelar el plato?
(...)
¿Qué tétrica misericordia en el cuerpo invadido?
Pies hambrientos, criatura del sollozo,
están vendiendo mi sangre en los mercados.
Y me preguntan dónde quedo con el rostro de arcángel,
a qué amparo convoco mi largo destierro por Sodoma.
   
    ( de “De inaudita revelación”).*

 Desde los años treinta, en que la célebre Escuela de Viena estipuló que la filosofía era una especie de la literatura, hasta llegar a Ciorán (“Hubiera querido sembrar la Duda hasta en las entrañas del globo, empapar con ella la materia, hacerla reinar donde el espíritu no penetró jamás, sacudir la quietud de las piedras, introducir en ellas la inseguridad y los defectos del corazón (...) Como los hombres incuban un secreto deseo de repudiarse, hubiera estimulado en todas partes la infidelidad a uno mismo, hundido a la inocencia en el estupor, multiplicado los traidores a sí mismos, impedido a las multitudes acurrucarse en el pudridero de sus certidumbres”), resulta imposible a estas alturas eludir hablar de la ficción del ser o, en todo caso, del “ser -vaciedad”, como advirtió Nietzsche.
Esta parábola de ciegos planea, mucho menos como memoria histórica que como mutación incesante.

  Rehén para hurtar al que no soy, no eres, no serás
debajo de mí.
¿Qué jardín del exceso se acomoda en esta piel?
¿Cuántos se pierden?
  (...)
Más que un mundo de sobra,
esta Bizancio que se infama en lazareto
y blanca simiente esparcida
y mano con su arcilla quemando al moribundo,
ni siquiera es el débil, ojos agusanados.
(...)
¿Adónde irán esas aguas, las células de mi brazo?
Un páramo no prodiga ebriedad o escalofrío.
Cubre otra almena la herida
de la piedra que fue carne y escándalo.
Siento a Bizancio altivamente
abriéndose a la gloria miserable de los hombres.
Sueño con Bizancio,
prolijo arrabal de un elegido.
  (de “Pavesas”).*

  Como los emblemas del espejo del arte de los hermetistas o el ligero pez nadando en medio de la luna, cada texto poético inicia un mito y, a la vez, una ucronía. Esta realidad circundante, espesa e inasible, da cuenta de su ausencia-presencia, ya que el poema es también un objeto, una “cosa” artificial alejada de ese mismo estadio real, de la vida. ¿Acaso no fue Oscar Wilde quien acusó a la realidad como perfecta imitadora de la vida, y al sol como envidioso del arte? Marianne Moore y Williams Carlos Williams, estoy seguro, confirmarían la sentencia, agregándole hermosos detalles. San Juan de la Cruz, retomado luego por Cernuda, halla la sintaxis precisa: “Si sólo un pensamiento vale el mundo”.

Siempre sospeché que ciertas mutaciones en literatura no gozan de plena juventud. Sus entrañas crepitan. Empédocles ya sentía ese desdoblamiento: “Yo también fui una vez un muchacho, una muchacha, un pájaro y un pez” (Diels y Krantz, 31 B 117).
        (Diario, París, primavera de 1994).

  Apartamos la fogata de las ilusiones, ese rastro de ardor
cayendo a pedazos como el cuerpo de los viejos
en la antesala que ya sabes.
(...)
¿Cómo repetir mi nombre sin llenarme de horror
en esos días?
¿Cuándo acatar el viento que tiraniza los cadáveres?
¿Cómo demorarme en la usura de dar un calco antiguo
del muerto futuro?
Exploro un tiempo del hambre (...)
 
  (de “Llegada de los invitados”).*
 
II.  SOBRE LA SUNTUOSIDAD DE LOS FESTINES.
  Desde los desdibujados relatos orales de los confabulatores nocturni, atravesando los manuscritos del ignoto escriba de Asurbanipal que, con los siglos, se llamaron “Gilgamesh, hasta las narraciones bíblicas, sin obviar las mitologías americanas, el agua, la madre-agua, la todopoderosa agua, nunca faltó a la cita. Tampoco en la literatura argentina donde, ligeramente, podríamos recordar algunos títulos memorables como “La inundación”, de Martínez Estrada, o “Ni siquiera el diluvio”, de González Lanuza.
 
Pero aquí no vindicaré de modo alguno esas mitologías o ficciones. Trataré de involucrarme en algunos sistemas de correspondencias y de asimetrías. Como concierne a los espacios sublunares de los pitagóricos, nada en el mundo de la poesía se repetirá, alguna vez, exactamente, término a término. ¿Qué elemento más lejano a la apariencia de lo inmutable que el último día de un imperio, que sus últimos gritos, que la última cópula, que el último trino del último de sus ruiseñores, que la última hoja caída del último roble?

La caníbal incita desde el ámbito poético a una genealogía verosímil (y no por ello menos fantástica): la de corroborar las mutaciones de un emblema, la vigencia de su degradación, el olor siempre final que implica su muerte, la transparencia final de su renacimiento. ¿Acaso la Caníbal no es Bizancio, no es (será) también Jerusalem, Nínive, Tebas, Roma, o una Nueva York de despojos? No quiero agregar nimiedades que linden en clasificación. Esta Bizancio se condensa y expande cada vez.

Abajo, no hay juegos malabares para amputar el miedo
en esa fábrica de muerte.
Al cuerpo lo separan, lo derriten sobre una mesa tibia:
el niño alcanza así el roce helado entre los huesos,
su única reliquia.
Reflujos de marea celeste en el baldío de las pieles
ya no pueden curar todo el cáncer de mi cuerpo,
mientras los otros juegan a nunca más sufrir, a no
/derramar el incienso
como el pan de los ángeles.
¡Qué vaciedad de mundo, tremenda vaciedad de marmitas,
para calmar el hambre de tus desaparecidos!
Como las uñas crece el hedor.
Como el cabello encarnado de los muertos
crece el hedor en llamaradas (...)
 
  (de “El escrutador del secreto”).*
 
        Desde aquí diviso el atardecer de la especie.
Fue en la mañana primera cuando las ubres de las vacas explotaron,
cuando la hermana azul vomitó sus tripas en un largo
/murmullo incandescente,
cuando rebrota en ti el rechazo de toda permanencia.
-¿Es así como nace el infierno?- me dije.
 
  (de “Hagiwara”).*

  Excavo,
excavo en sus arterias turgentes para encontrar la piedra.
Era la que debía abolir la existencia de aquel cielo,
todo rincón miserable de la invertebrada figura.
Son bramidos los que llegan de tu lecho, pigmentos fugaces
levantando a los infieles, celebrando en negra cacería su bautismo.
Pero no los señales en un gesto ulterior, no los delates.
Despojándome de mí, de ese dios recortado en trozos de injuria
y de esta raza en peligro de muerte
hiede la carne sobre el cielo.
¿Yo mismo?
Es tiempo de huir por los recodos.
Ruego al que no sabe por los vivos y los muertos.
 
(de “Cúbreme la cara con orquídeas”, a Billie Holiday, diciembre de 1994).*
 
  En “Bizancio” acaso ya han muerto todos, y los vivientes no son sino deambulantes fantasmagorías de una estirpe por cierto irrecuperable. Todos ellos, sometidos a la hipnosis colectiva habrían olvidado por completo su origen, extraviados en la intensa luminosidad “de una oscuridad insensata”. Una voz delatora, testigo de las ruinas, advierte desde el desasosiego en el poema “Las generaciones”:
 
  Los que amaba están muertos,
desgastan ataúdes cenicientos allí mismo
donde no llegan el sol ni la lluvia incompleta
ni el granizo pertinaz de los castigos.
Han muerto todos.
 
  Ahora los sabes y escarbas
contra el tenebroso inventario de harapos.
¿Por qué esta luminosa maldición
para quien lee nuevamente con los ojos crispados:
“Echa tu pan sobre las aguas;
porque después de muchos días lo hallarás”?
El vendedor de langostas pinta un paraíso
para la usura de un futuro inerme,
para los hijos y los hijos de sus hijos,
esas crías que no verá crecer
porque la vejez ya se instaló en su trono.
 
(18-VII-96).*

  Visibles hasta la exasperación en la piel en fuga de la poesía, los rasgos indubitablemente informativos se sumergen. No apela a objetos vicarios, sacralizados por las efemérides patrias o por algún grupo desusado. Hay, sí, reliquias de otro costal o circunstancias erizadas: el cuerpo, un férvido revés de espejo griego, el triunfante gusanal de toda vida, el esplendente instante en que Nathaniel Hawthorne descubre en Milford su ciudad natal, la cara que anduvo buscando, acaso como todos los hombres el preludio del fracaso. También un usurero. O no. También un suicida. O no.
 
  La plegaria y el ultraje exuberan
todo cuanto aquello que temblaba en tu voz
como un ángel deslumbrado.
Pero has comido en los despojos ¿de quién?
mirando el vuelo obediente de una mariposa.
Su divina majestad se abraza con su ídolo.
  Todas las palabras humanas son inmundas.
 
  (de “Y sin embargo, el desconsuelo”).*

   Ahora sé que el agua arde y vuela: conozco su reverso, la crepitación diurna y nocturna de los dioses elementales. ¿Por qué no debe ser el centro de mi broma, como el fuego en el poema de Stephen Spender? Bizancio no es una cronología, pero incluye una vasta cronología. No es un mito, pero incluye mitologías verdaderas y apócrifas. ¿Pero de nuevo lo verdadero? ¿Adónde? ¿Cuándo?
  (Diario, Cartagena de Indias, febrero  de 1994).

  La Caníbal plantea la existencia de un cosmos de posibilidades fantásticas, asida -¿por qué no?- a la narrativa y eventualmente a la ensayística. Por lo general, el género fantástico era privativo del cuento o la novela. ¿Pero por qué no leer a Petronio y a Villiers de l´ isle Adam, a Wells y Juan Rodolfo Wilcock definitivamente como poetas?
Aniquilada hasta el infinito, La Caníbal se hermosea sobre la suntuosidad de los festines.

              Desandaré el camino
               la noche
               en que ha subido a la palabra
                la más rota palabra.
                ¿Y adónde este llanto?
¿No hablábamos de anunciación?
 
                                                           (Poema, Madrid, abril de 1993).*

 III. HISTORIA DE LA PIEL Y ESPLENDOR DE LA LLEGADA.

  La busca del deseo en el cuerpo del poema (su escritura y sus lecturas sucesivas como variantes limitadas de la cópula), son busca de la presencia de un vértigo que resuma el estallido y la implosión. La Caníbal se metamorfosea en una cartografía de la desmesura, una migración hacia un laberinto de puertas, pero de puertas que ya nadie podrá cerrar, como en el libro de Apocalipsis. El Tao nos habla, a su vez, de una “puerta de toda maravilla”. La Caníbal es andrógina, al fin una hijastra de DIOS/MADRE/DIOS/PADRE: su Alfa y Omega se reducen ad infinitum.
La prerrafaelita Edith Sitwell escribía: “No miró hacia nosotros./Dijo: “Lo que fue derramado aún se agita como el diluvio.”/Mas el Oro será la sangre del mundo./El oro en bruto condenado a la esencia primaria/tiene la textura, la tibieza,/el color de la sangre.”

El vestíbulo es extenso y jamás nadie debió medir sus pilares.
Bienaventurado el que cegó sus ojos para no verlo nunca
uno o multiplicándose, intransferible y propicio.
(...)
Todavía aúlla el recién nacido.
Alrededor de su piel sueña un fruto febril, inmune
a la legión de maldiciones incrustadas en la boca.
¿Quién dijo que vendría a robar al dador de prodigios?
(...)
¿Adónde el resplandor siquiera detenido en los cráteres de hielo?
  El inmolado canta desnudo:
sabe que es invisible y que una puerta lustral cerca
su tiempo.
La avara cizaña crece. Es la víspera.
 
  ( de “Nadie cerrará esta puerta”, diciembre de 1995).*
  
        (...)
Han excavado de repente en el dolor y no es posible,
la semilla ha crecido hasta la tarde
de cuanto era en el mundo.
¿Con qué fulgurante esplendor fue abierta la entrada
al templo cuyo pórtico entreviste?
  (de “Todo animal nocturno”, New York, mayo de 1995).*

   En este acto de fe que es la literatura o el hecho creativo en sí, para ser más genéricos; en este reflejo de perplejidades, en este recinto de raras sincronías, la piel y sus memorias se sustentan sin soportes. La piel de los “débiles autómatas” (Voltaire dixit) redescubre en cada caída un no previsto esplendor. No hay dos cuerpos idénticos, a pesar de Pitágoras y la metempsícosis. Sabemos que ningún otro Marcel Schwob escribirá “Le livre de Monelle” y que, milagrosamente, existe aún el Quijote, y seguirá existiendo para el porvenir.

Ahora comprendo que la Caníbal es mucho más que una invención fortuita, limada con los años, la piel y otros hermosos detalles, más que el murmullo, más que el trillado silencio, más que el grito lustral de recién nacido. La poesía puede ser la unión de muchas almas en el largo palimpsesto del mundo, la certidumbre de una gran alma que nos está cubriendo a todos. Hoy se me presenta como aquel rostro de la Isis de Shopenhauer, labrado en piedra perdurable, ese rostro que es, al mismo tiempo, el de la Diosa Blanca y el de una joven madre de Cristo. La inscripción nos advierte (como línea de un canto celebratorio que es necesario continuar): “Soy lo que fue, lo que es, y lo que será; pero nadie aún ha levantado mi velo.”
 
 
 Manuel Lozano
fied_bsas@arnet.com.ar
Buenos Aires, mayo de 2005
  
(Este texto fue leído en la presentación, en Argentina, de la Antología “Nueva Poesía Hispanoamericana” –Editorial “Lord Byron”, Lima, 2004-2005-, de la que el autor forma parte.
Los * señalan poemas del libro “Bizancio bajo las aguas”, de Manuel Lozano.)

 

 

   DE PROFUNDIS
 Auxiliadora o taumaturga coronándose en peligros,
muerde los pétalos que caen.
Ya nada la protegerá del viento feroz
y de la súplica de lodo
oída en el espejo partido por el rayo.
Las acequias mueren de tanto triunfo.
¡Afuera esta piel, esta memoria del resplandor,
-“no me busquen, no me encandilen, no me envuelvan
cada naufragio con los dientes sangrantes
tirados hacia el fondo de mi infierno-,
más afuera este barro adherido
a la jubilosa extinción del reino de las cacerías!
Barro.
Barro.
Barro.
Barro
y nadie habla por quienes fui.
¿Qué blanco pavor inextinguible me cerca
desde todas las bocas llenas de hormigas?
El que no sabe susurrar su nombre
destroza su abierta casa de abandono.
Incrustado al sol de tu delirio,
has llorado del mundo cada pétalo.
Barro.
Y la caída se cumple.
  
Manuel Lozano
 22-VI-96.
 
 COMIENZO DE LA VISION DE SIR GEORGE RIPLEY,
CANONIGO DE BRIDLINGTON
 Se incendia la Puerta de la madriguera
donde estoy con mi neblina de color dorado
blanqueando las paredes venenosas.
Cruzas la casa como una letanía:
Ni vemos tu figura rozar los objetos de arena
ya para siempre dispersos por el mundo
impalpable en el ojo del espía.
Es todo arder y en el combate
se entierran los huesos del derrumbe,
mi bastarda piedad a cambio de esperanza.
Con su plumaje a solas han fabricado un aliento
volátil como el humo rojo subiendo por las venas.
Demacrados, levantan atavíos.
No practican amor: Son trogloditas masticando libélulas,
un indicio exangue -así lo crees esta noche-
de la naturaleza en retirada.
Los cadáveres vuelven a cocinarse
sobre fuego muy lento en las praderas
de este agobio nunca narrado.
Cuando la ingente lluvia se disuelve en los cristales,
pienso con horror en los hombres.
  
Manuel Lozano
Madrid, 7 de marzo de 1993
 
 IN ALBIS
 Traigo la luz a este asilo de amargura
aun cuando las bocas de un sueño hayan mordido
las entrañas del animal que labra su historia,
y sea el día menos día,
y no me reconozca con esta piel y los huesos.
¿Habrá escisión en la frontera?
¿También conocimiento
para quien fue amordazado por sus padres lobos?
¿El señor del cielo, del rayo y del aire,
criatura cierta en paraíso de deleites?
Y llega despavorido el ataúd.
  
Manuel Lozano
 
  EL NARRADOR
memoria de Truman Capote
 Ya es muy tarde para olvidar a la nada:
los muchachos infantiles colman tu cuerpo.
Hay una desembocadura en el sollozo
de una piel más hirviente que la arena
donde el bailarín de las alcantarillas
muerde una fruta roja llena de larvas.
Ninguno lo atesora
ni entre árboles dorados para la exasperación
de una dicha cubierta aún por telarañas,
o en el ojo enardecido del guardián de palacio.
¿Adónde estremecen el blanco de la fábula yacente,
la hija ardida con su feto a cuestas,
el muñeco roto con su cara de hombre, arrinconado
con señales por el que no entiende
que esta tierra es una furia y un límite?
Los amantes recorren los muelles del emperador.
El despreciado devora su navaja
como comprendiendo el mundo en un instante.
Una loca asesina sus hilachas
en trozos calientes para perros de presa.
¿De dónde saciarán el hambre llegada del desierto?
¿Pero qué velo se rasgó de arriba abajo?
Un idioma de la farsa, una verdadera oscuridad
en que se borran la sangre y mi carne peregrina,
me hace oír la voz.
Descendí.
En el almud está el secreto.
Su rostro aletargado simula
la incontable interrupción de las máscaras.
 

¿Quién empieza a decir por el huerto en ruinas
el cuento partido por su boca?
¿Cómo se atraganta de tanto decirse
contra el muro amarrado junto al trueno?
Miente la niebla sobre la ciudad caníbal.
Los hombres son de harina pútrida
debajo de estas nubes y el sol tenebroso.
Reconocía la profanación de los dones.
En mi mismo cuerpo los convoco ahora
para que nunca crezcan, para que no lloren
sobre el dulce estrangulado.
Talía gime por su boca de gárgola.
Así la historia nacía del sediento
-escrita por equivocación entre brasas de la fiesta-
y retornaba como botín a los criados.
¿Qué seré yo, sustancia ardiendo,
apagándome en tus aguas lustrales?
¿Quiénes ellos de tan blancos
como los ojos de un muerto en la leyenda?
Siempre habré de morir en el pasado.
En ese ignoto lugar alzaré otro vuelo
con la semilla estéril de la transformación.
Solamente recorría los huesos musgosos
de quienes me poseen en el polvo de mármol
de estas ruinas deslumbrantes.
La cicatriz cenagal abarca un rostro anciano
que olvidó al efebo ascendiendo la noche.
Ha borrado las señales últimas
de esta coronación que no vuelve,
que no puede volver, que no debe volver.
Talía se sorprende.
¿No fue ése el principio de la piedra inaugural:
flotar entre una espuma de cadáveres flotantes
/de los que nada queda,
salvo el espesor y el reflejo?
Antes que túnel mordido por el viento,
fueron hienas mojadas taladrando las puertas
con mi sangre más honda, insoluble,
en el tiempo de ira.
Ahora son escombros, ahuecados escombros
desde el viejo mirador de la llanura
hasta el recoveco atroz del laberinto de aguas
que nadie vio.
¿Regresarán por mí desde el sepulcro
socavando a la distancia esta tierra de víboras?
 
 
Es doble el aguijón, alto el incendio.
En el trazo del día aparece el rostro múltiple.
Un hermoso animal, una hermosa criatura
atravesando luego del tiempo su abandono,
deja de excavar el mundo en un relámpago.
¿Ninguna expiación para el ungido?
¿Otro grito reclamando por el vasto,
cómplice sendero de la araña?
¡Fuera las tinieblas de esta casa inmunda!
Un árbol desgajado se hunde en el río
y no pregunta.
El ultraje de verme hasta en la sombra
clausura el asedio de las muchedumbres
en un grano de sal petrificada.
En la hora en que el mutismo es bello como un crimen,
exploro las huellas de las repeticiones.
Así la gran hoguera invade los patios,
las puertas laterales, el jardín envilecido por la queja,
al trasluz mi fábrica de incertidumbres,
cada máscara de piel humana,
el cielo como un pozo alabando al caído.
Han perdido el salobre canto de la esfinge.
En este horno intangible se revuelcan los espejos,
se enarbolan -Oh, antiguos- flameando en el bosque.
¿Qué defiende al agredido de las hordas de satisfechos
con monedas de oro bajo la hierba?
Asustado país en duelo,
había que correr desesperante hasta acabar
con la ofrenda, con el soplo.
¿Por qué llegarían en el carromato que no habito
desde mi garganta heredera al secreto?
Estremézcanme.
Que sea el que parte y no regresa a este reino
a lavar la inmunda flor de la memoria.
  
 
Me prosternan sin luz
en el mismo escenario donde dije la luz
y su palabra oculta.
Desfilan los que fueron, los que fui
entre el cimiento calcáreo de un corazón leproso
barrido por la brizna.
Con un solo bostezo incrustan en la historia
                                   /su cuna mortal
para un testigo silencioso, irremediable.
Y están la diferencia, el error, y el levísimo aroma
de una ternura enterrada hace siglos.
Ese lugar nunca existe.
Se afincaron a mi sed y yo los bebo.
El hermoso demudado pasa en medio de su cuerpo,
el disputador reconoce en el alma a su enemiga,
el residente bravío de una estación de trenes
/consuma el sacrificio,
el viejo fabulador amenaza palabras
como carbones encendidos arrojados al mar,
el erasta toca los cabellos del niño,
el mendigo sudoroso grita en plena calle su aversión
por los hombres y los pájaros,
el sepulturero robará un anillo manchado con pus,
el débil deambula por la calle
acaso buscando un refugio para afirmarse en la nada,
columpio de la tierra.
Pero también quedan los otros,
el rencoroso inútil despeñándose a la carnicería
/de su estirpe,
el criador de alimañas,
el desaprensivo que ruega demasiado tarde,
el mercader libidinoso sobre un cuerpo deseado,
el más ruín,
el hijo con su legado escalofriante,
el escritor crucificándose a palabras inauditas
en el pequeño trozo de papel,
el afiebrado en alta noche de miserias,
el indulgente,
el que dirije mis pasos a la tempestad,
el obstinado a vivir, una y otra vez, el miedo,
el amante con las piernas abiertas,
el lúgubre en la taberna silenciosa,
el que con graznidos me oye y me acompaña,
el desahuciado fascinante.
Antes del alba, con increíble imperfección,
los reconozco y los olvido.
  
Manuel Lozano  
fied_bsas@arnet.com.ar
 Londres, invierno de 1996
 (Estos poemas, pertenecientes al libro "Bizancio bajo las aguas", son rigurosamente inéditos y, como tales, se hallan registrados en el Registro Nacional de Derecho de Autor.)

 

 

  Manuel Lozano (Córdoba, Argentina) es ensayista, poeta, narrador, profesor de literatura y Doctor Honoris Causa del Consejo Iberoamericano de Educación. Autor de más de quince libros -que van del género fantástico al ensayo filosófico-, dentro de los cuales podemos citar a “Libro de Amenemope”, “La Línea y el Círculo”, “Tratado sobre la Rotación de los Encantos”, “El Enigma Silvina Ocampo: La Paradoja y lo Sublime”, “Mansión Artaud”, y “La noche desnuda de rostro ciego”, ha recibido 54 premios nacionales e internacionales, entre los que se destacan: Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Interletras de Madrid, Premio Universidad de La Plata, Beca del Fondo Nacional de las Artes, y Premio Ministerio de Asuntos Sociales de España. A partir de los dieciocho años, comenzó a dictar conferencias y seminarios en diferentes ciudades del mundo. En 1992, la “Cámara Junior” lo proclamó “Joven Sobresaliente de la Argentina 1991-1992”, votado por unanimidad. En 1993, fue becado por el gobierno español junto a celebridades de la literatura mundial como los Premios Nobel José Saramago, Wole Soyinka, Juan Goytisolo y Jorge Amado. Ha recibido elogios de grandes escritores de su país, de Europa y de Estados Unidos. Jorge Luis Borges escribió sobre él (1984): “...Nos deslumbra con páginas memorables. Descubro que tiene el hábito de frecuentar el universo, de traducirlo en misteriosas y afortunadas invenciones. Ha creado FIED (Fundación Interdisciplinaria de Estudios para el Desarrollo), que actualmente preside. Por su notable contribución a la investigación cultural y educativa, el “Consejo Iberoamericano de Educación”, con sede en Lima e integrado por universidades de Hispanoamérica, le otorgó el “Premio a la Excelencia Educativa 2004”, conjuntamente con los títulos de “Master en Gestión Educativa” y el “Doctorado Honoris Causa en Educación”.
 
 ARS POÉTICA SOBRE EL RITO NUPCIAL DE LAS AGUILAS

Durante el rito nupcial las águilas se persiguen, volando a gran velocidad y  elevándose a trescientos metros. Luego, entrelazando sus garras, la pareja hace en el aire cinco o más  vueltas completas, precipitándose en una caída de alrededor de ciento cincuenta metros...

                                 Digo que es necesario ser vidente, hacerse vidente.

Arthur Rimbaud, Carta a Paul Démeny 

Ella es la orante.
Desde el principio supo anudar el vago murmullo con la feroz carcajada,
la imantación de una criatura al viento con la lenta tiranía de los viajes,
hasta arder en el fulgor de las perversas lentejuelas de estos ojos.
¿Me deshabito en cada huella,
me desposan con los látigos de una máscara crucificada en mis espaldas?
Pienso exactitud y se oscurecen los cielos y la tierra:
ya oigo el grito final desde la Cruz Misericorde.
¿Qué fue del ávido arcoiris descuartizando murallas,
lamiendo más y más la corteza de un fruto lacerado ?           
Desciendo –al fin- por el sílex candoroso y el légamo impaciente,
a través de escaleras que están en el principio
y nos delatan, y nos desprecian, y nos desnacen
como el rito ascensional de las glicinas.
Son fósiles de feria los que mastico, así,
-piedra zoológica hirviendo de memoria a memoria-,
delante de los proclamados a caer en altos desagües del diluvio.
¡La máscara de cera tan vesperal, de placenta retenida en los dientes,
reventada de hermosos animales que conozco!


Ella amamanta un séquito de hambrientos.
Sean con nosotros las cucharas de la historia y del sueño las llaves.

Ella es la pestilente.
Ahogó en congoja las falsas joyas de la esfinge, escarbó
sacratísima y desnuda esta lava que cae por su piel
como pez derretido por la noche más antigua.
¡Quién haría el recuento de la fiebre y del vuelo,
de su abierta juventud trizada en incontables vidrios
bajo el temblor de la lluvia!
Tienes el frío de tu herencia.
Deambulas por la mansión envuelta en arpilleras
carcomidas por las ratas de una alucinación a solas.
Infame esta jauría.
Sabes la entrada, pero nadie te espera de ese lado.
Arcilla irrenunciable, humus fascinador del desierto,
¿y el grito en la luz no nos tatúa?
Allí donde te hieren, nadie reclama por el juego. 
Ella es la sortílega.
Espinó las yemas indigeribles del árbol de razón
con uvas traídas del trueno o del silencio.
(Hay un grimorio inscripto en cada ruego,
con follaje de oro en tu costado.
Ahora vigila y bruñe lo que aúllas. Sángralo.)
La rosa azul movible de Judea
me busca para expiar nuestro bautismo
en las riberas donde el terror se proclama heredero.
¿Por qué estos colmillos, este letárgico perfume
salpicado por la harina de toda soledad?
Apagas las luces de mi madriguera.
Sobrevives con relámpago verídico
a las colmenas de la anunciación.
 
Ella es la desertora.
Se exilió de las costumbres de los hombres
hacia los médanos que borran su congoja feroz con el milagro.
¿Adónde la salvaje Navidad celebrada en Andrómeda?
Me hospeda un oasis baldío.
¿Es que no oyes el fosforescente perro de sus tumbas ocultas?
¿Y no se descascaran las paredes que te cubren?
¿No lloras como Lázaro tu sangre revivida?
Palabra tras palabra fundabas este mundo,
pervertías sus custodios, decapitabas los templos.
Su permanencia ya es mi canto de vidente.

Ella danza entre ataúdes rotos.
Habrá de bendecirlos por lo que fueron,
por el miasma dispuesto a incendiarnos,
por este vacío enguantado revelándome
eco y voz.
  
Ella es la sacrílega.
Comió carroña para poblar de desesperación
el balbuceo entretejido de aquel viejo fantasma.
Ahora traga trozos de espejo (pequeñas dinastías cenicientas),
de un solo soplo los traga.
Deberás contemplar mi casa cubierta de muecas y de almizcle,
aun con estas manos.
¿Qué Génesis me balanceó en este oleaje,
precipitándome a la desobediente procesión del peligro?
¡Palabras en mi clausura, en mi credo inicial,
en mi adagio de carne por las sombras del mundo,
separando el duelo de todo porvenir con su antorcha llameante,
con cada trapo de sed y su reguero vampiro!
En la moneda, raspas tu tajo:
entonces avanzo con risa de esplendor por esta selva de águilas
y me corono.
 Manuel Lozano  
fied_bsas@arnet.com.ar
Edimburgo, 27 de septiembre de 2004
(Este poema pertenece al libro “La Rueca Dorada”, de Manuel Lozano, habiendo sido seleccionado para la 7ma. edición de la Nueva Antología de Poesía Hispanoamericana, Lord Byron, de Lima.)

 

 

El rinoceronte
Juan José Arreola
(Mexicano, 1918-2001)
 
El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegado, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.
 
(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que sólo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)
 
Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.
 
Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla, en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.
 
Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil

 

 

SACRIFICIAL

Sopla el viento en las cenizas.Ya no es un lobo el que llamo, el que me pertenece. Tampoco un perro con lágrimas de vidrio en el orfanato de las certezas.
¿Otra vez?
Otra vez habían inventado la caliente máquina
de las certezas. Llegaba esa noche, alevoso escarbando sobre la isla pintada en mi cerebro, carroñero de un disfraz de colibrí que nadie ama (salvo mi sombra), sangrador de la lluvia cautiva hacia la infancia.
¿Presente continuo? ¿Persianas con hormigas que deben bañarse en luz, hilo oscuro en el corazón de las tumbas? Dicen que las figuras nacen de la ilusión; lamen del saqueo; cantan con risas de arrobamiento el terror de la hoguera; contagian, es decir tatúan.
(Hay quienes adoran mi cara beatífica. De este reinado, nunca más podré anhelar su oro y su veneno porque los bebo cada tarde.)


Manuel Lozano
Edimburgh, 30-VIII-2004

 

 

 

Gracias

Thank You

Muito
obrigado

Merci